El 29 de Diciembre de 1675, Carlos II de Inglaterra, por el temor de la difusión de comentarios y conjuras contra su persona, decidió prohibir los cafés en Inglaterra. Sin embargo, las cafeterías no harían caso de las medidas impuestas por el gobierno de Carlos II, pues los cafés se habían asentado en la diversidad de la sociedad inglesa. De este modo, las cafeterías serían lugares de encuentro para hombres de negocios y para personas de baja escala que acudían a los cafés para informarse y escuchar a los ilustrados y pensadores difundir sus ideas. Así, las cafeterías de Inglaterra servirían como base para su posterior difusión por el continente europeo y los Estados Unidos de América, haciendo una importante labor de transmisión de las nuevas corrientes filosóficas, culturales, políticas y económicas que surgieron en los preámbulos de las revoluciones del siglo XVIII por todo Occidente, pues clientes habituales de estas cafeterías serían los mismísimos Diderot, D’Alemeber, Voltaire o Rousseau.