A lo largo de la historia, se puede apreciar cómo las diferentes civilizaciones han hecho uso de la esclavitud para el enriquecimiento personal, apoyados siempre en la religión, legislación e ideología del contexto. El “Middle Passage”, escenario en el que millones de esclavos africanos eran enviados por los europeos a trabajar en las colonias del Nuevo Mundo. Cronológicamente, se va a desenvolver durante cuatro siglos, XV-XIX, adquiriendo la trata de esclavos una nueva finalidad: un comercio globalizado, con tintes racistas, pues la condición de ser esclavo iba a ser el color de la piel: el hecho de ser negro.
Para que esta trata negrera fuera sostenible durante tanto tiempo, era necesario tener una gran rentabilidad del negocio esclavista, iniciado por las aportaciones de un gran capital, donde las empresas importantes vieron una actividad perfecta para invertir.
Como cualquier otro negocio, se buscaba una disminución de los costes, con un aumento de las ganancias, provocando que las condiciones de vida de los esclavos, desde su captura por deudas o por conflictos entre las comunidades africanas, hasta el final de sus vidas, fueran lamentables.
La cuantificación de esclavos exportados a América varía según la fuente consultada, oscilando entre 9 y 12 millones de esclavos, donde el 25% moriría en la travesía, tanto del interior de África como en el Atlántico. Sin embargo, no había ningún dilema moral en tratar a los africanos como mercancías, puesto que no eran considerados como personas.
Se observa como un negocio empezado por portugueses y españoles, pronto comienza a ser atractivo para el resto de potencias europeas, que querrán participar en este comercio de personas para el enriquecimiento propio, destacando así países como Inglaterra, Francia, Alemania, Dinamarca u Holanda, además de las ya mencionadas Portugal y España, quien fue la última potencia europea en abolir la esclavitud.